Cinco candidatos bajo la lupaPor: Jorge Fernández MenéndezDe los cinco candidatos que competirán por la presidencia de la república el próximo domingo, tres de ellos provienen del PRI. Pueden tener profundas diferencias políticas y personales entre sí, pero los tres llevan un sello: la forma de hacer y entender la política en el tono siempre autoritario pero no por eso (en muchas ocasiones) menos eficaz del priismo.
Roberto Madrazo, López Obrador y Roberto Campa, con todas sus enormes diferencias, entienden la política de forma similar. Felipe Calderón y Patricia Mercado, aunque discrepen entre sí, provienen de otra historia política, tienen otra forma de ejercer y entender el poder.
Robert
o Madrazo. Madrazo es un político profesional muy capaz, quien ha demostrado estar preparado para enfrentarse a conflictos serios y salir adelante. Pero Madrazo no tiene, salvo que los electores me desmientan el domingo, el perfil que los priistas necesitan para recuperar la presidencia de la república.
Quizás lo más grave ha sido que la mayoría de los gobernadores priistas tampoco se han sentido identificados con Madrazo, lo cual se ha reflejado en su campaña.
El PRI requería un candidato que fuera confiable para la ciudadanía y que preservara la endeble unidad interna. Beatriz Paredes o Enrique Jackson, incluso Manlio Fabio Beltrones, por ejemplo, hubieran cumplido mejor con ese papel. Y Madrazo hubiera podido tener un peso decisivo en el proceso desde la presidencia del partido.
Con razón o sin ella, una vez más se demostró que Madrazo no cumplió con sus compromisos.
En ese terreno, también independientemente del resultado, Madrazo deberá decidir si juega el papel que ha ofrecido en su campaña, de ser un puente y acabar con las descalificaciones u opta por la otra carta que ha jugado simultáneamente, jugarse la aventura de intentar desconocer el proceso electoral argumentando una elección de Estado.
Roberto Campa.
La candidatura de Roberto Campa por Nueva Alianza sólo se explica en el contexto de esos enfrentamientos internos en el priismo y -sobre todo- por la violenta ruptura que se generó entre Madrazo y Elba Esther Gordillo.
Pero Campa no fue un buen candidato, ni siquiera para presionar a Madrazo o para aglutinar a los disconformes. Se quedó en todos los sentidos a la mitad, a pesar de algunas buenas propuestas. Difícilmente logrará siquiera el registro de su partido. Tampoco ha sido factor de debilitamiento del priismo tradicional. La suya es una oportunidad perdida.
López Obrador.
Por su parte, López Obrador y la alianza que encabeza son otro producto del priismo. No pueden ubicarse, bajo ninguna consideración, en la izquierda democrática. Se puede destacar el compromiso del tabasqueño con los pobres, sus legítimas ambiciones de poder, su visión nacionalista de la política, pero nada de eso lo muestra como un hombre de izquierda.
En realidad su visión política es tradicionalista e incluso conservadora: López Obrador no defiende ninguna de las premisas actuales de la izquierda democrática en el mundo, comenzando con la tolerancia y terminando con la transparencia administrativa.
En todo caso, la suya es una candidatura marcada por el personalismo y -como se ha dicho muchas veces- por un sentido de “misión”, una forma de mesianismo político y social que no acepta ni divergencias ni opiniones diferentes y que no ha dudado en deshacerse de los mejores hombres y mujeres de su partido si no le son incondicionales.
En sus listas de candidatos los ex priistas superan con amplitud a los hombres y mujeres de izquierda. Entre estos, salvo excepciones como Jesús Ortega o Alejandro Encinas, la mayoría proviene de los sectores de la izquierda más retrógrada, representada por los partidarios de René Bejarano. Los cardenistas han sido ?literalmente- segregados de las listas, del equipo de campaña, de las posiciones. De todo.
Quizás el rasgo más conservador de Andrés Manuel es su intolerancia. No acepta la crítica ni tampoco que le señalen sus errores: no escucha. Ello se refleja en hechos tan disímiles como su decisión de no deslindarse de los Bejarano o los Imaz (ahí está Claudia Sheimabum como su principal escudera) o su desinterés en siquiera conocer el mundo. ¿Qué le puede aportar el mundo a alguien que cree que tiene todas las respuestas?
Quienes hacen girar sus propuestas económicas en torno al Estado son hombres como Hugo Chávez, Evo Morales o Néstor Kirchner (o en un caso extremo, Fidel Castro). Bien o mal intencionados pero provenientes de corrientes autoritarias, con pocos lazos con una tradición de izquierda y -mucho menos- democrática.
Incluso López Portillo o Echeverría, quienes decían ser de la izquierda y abrazaban a líderes del Tercer Mundo, eran profundamente conservadores en sus acciones. Querer repetir su política económica sería volver a repetir sus errores. La visión de que el Estado (o incluso el líder mesiánico) puede reemplazar al ciudadano no es progresista; es reaccionaria, independientemente del ropaje con el cual se recubra.
Patricia Mercado.
Patricia Mercado, en ese sentido, es todo lo contrario. Es una mujer abierta, que sabe escuchar, que aprende, que ha hecho de la tolerancia y la transparencia su principal carta electoral. Mercado proviene de una izquierda no tradicional que nunca se ha identificado con los modelos priistas y eso la hace completamente diferente a López Obrador.
Votar por uno o por otra, implica elegir entre dos proyectos absolutamente divergentes. Patricia Mercado y Alternativa son un proyecto de futuro tolerante, abierto e incluso provocador para ciertos sectores del “establishment”.
Son una opción aún embrionaria pero necesaria en el futuro inmediato de nuestro país para contraponerla a las distintas opciones tradicionalistas y conservadoras, incluyendo la del propio López Obrador.
Felipe Calderón
Felipe Calderón ganó la candidatura contra los deseos del presidente Fox y la superestructura del PAN, rompiendo los moldes establecidos en el propio foxismo, el cual oscilaba entre una sucesión tradicional orientada a la postulación de Santiago Creel o una alternativa -nunca cuajada- en torno a Marta Sahagún de Fox.
Calderón decidió, cuando advirtió la primera reacción presidencial en su contra, renunciar al gabinete y abandonar el gobierno para competir sin ataduras e ir, como él mismo lo ha dicho, al “lado oscuro de la luna”, de donde regresó para quedarse con la candidatura presidencial y colocar al PAN en una pelea que apenas hace una año tenía perdida y que hoy puede ganar.
Calderón ha mantenido una constante que lo diferencia de sus dos principales contendientes: es un hombre que escucha, que aprende de sus errores, que sabe cambiar, que cuando se equivoca rectifica y lo hace abiertamente y que además tiene principios.
No se necesita estar de acuerdo en todo con Calderón, para poder estar de acuerdo con lo esencial y en torno a ello trabajar en otros consensos, otros acuerdos. Es además, pese a la publicidad tramposa de la que han sido objeto él y su familia, un político honesto y con una formación sólida. Sobre todo después cuando terminó su periodo como presidente del PAN y se fue a estudiar a Harvard. Ha crecido, ha madurado y comprende mucho mejor que sus contendientes la perspectiva de México en la globalidad.
CONCLUSIÓN.Si hubiera una sola razón para diferenciar a Felipe Calderón de López Obrador o de Madrazo, sería la forma en la cual llegó a la candidatura presidencial. Andrés Manuel utilizó el GDF con ese objetivo y no permitió que creciera una sola voz disonante en su partido. Roberto desoyó todas las voces y se empeñó en obtener la candidatura aunque todos los estudios de opinión coincidían en la necesidad de un candidato con otro perfil menos negativo para el PRI.
México no puede tener un presidente que simplemente no sabe -porque no le interesa- cómo funciona el mundo real, que no ha buscado jamás salir de nuestras fronteras ni conoce los desafíos y posibilidades de la globalidad porque nunca se ha asomado a ella. Peor aún, que cree tener todas las respuestas mirando un pasado que, paradójicamente, conoce sólo a través de la historia oficial.
Puede haber un gobierno quizás bien intencionado pero marcado por la confrontación social, de -y para- unos pocos. ¿Quién puede argumentar que tiene la mayoría si gana con poco más de diez millones de votos en un país con 73 millones de electores?
O puede llegar un gobierno abierto a los demás grupos políticos, con una visión común para garantizar una verdadera mayoría y un tránsito pacífico hacia el futuro. Los primeros creen tener la verdad absoluta; los segundos aceptan que hay muchas verdades para compartir.
LOS INVITO A QUE PONGAN COMENTARIOS, ME GUSTARIA SABER QUE PIENSAN HOY, A 4 DIAS PARA LAS ELECCIONES!!!